límite realidad
El sol no había salido, y nadie, salvo algunos pocos, pareció advertirlo. No era la noche ni el amanecer, sino una suspensión del tiempo fundida en una claridad muerta que no ofrecía sombras. Nos encontrábamos como todos los mediodías, relajados entre risas y charlas descontracturadas, aunque esta vez, algo invisible tensaba el aire.
Entre nosotros estaba él, un muchacho extraño que no hablaba mucho pero cuando lo hacía, su voz parecía venir desde otro lugar. Lo que más recuerdo era su mirada, esos ojos tenían un reflejo opaco que no miraban, absorbían. En un momento nos miramos y eso, bastó para identificar un desajuste en el aire, algo no estaba bien, era evidente que a su alrededor las cosas parecían desteñirse poco a poco.
La realidad de un momento a otro empezó a cambiar: un gesto de incomodidad en uno, un silencio abrupto en otro. En mi caso, dos veces sentí la violencia de manos que no recordaban la inocencia del tacto. Miré alrededor buscando ayuda pero nadie había visto nada. Era como si las experiencias se hubieran fragmentado, por lo que cada uno, vivía su propio horror sin poder compartirlo.
El sol seguía ausente y la penumbra no provenía del cielo, sino de adentro. Uno de los nuestros intentó romper el misterio hablando con el extraño, se acercó invitándolo a conversar en una habitación lateral mientras yo esperaba expectante desde fuera. Oí voces y luego un silencio. Decidí entrar. Entré fugazmente simulando buscar un abrigo y en ese instante los vi esconder algo con torpeza. Fingí no haberlo notado, pero supe indudablemente, que el mundo acababa de inclinarse.
Desde ese instante todo empezó a borrarse. Poco a poco, la conciencia del grupo se diluyó, las conversaciones se llenaron de risas plásticas y palabras sin sustancia. Las miradas, antes inquietas, se volvieron tranquilas. Solo unos pocos recordábamos la tensión original, y fue entonces que nació mi necesidad de escapar.
Juan me siguió, salimos desesperados por la puerta de atrás, corrimos en un acto de revelación total, el aire golpeaba nuestras caras y la ropa agitándose retenía nuestros cuerpos. Sabíamos perfectamente que ese peso no era nuestro, sino que pertenecía a al nuevo mundo que buscaba retenernos. Caímos por el aire espeso como si algo nos hubiera empujado y en el descenso cuatro agujas atravesaron la piel de mi espalda. Nos había alcanzado el límite invisible de la realidad. Era frío.
Aparecí, de nuevo en la casa, sola aunque rodeada de gente indiferente. Me cortaron el pelo y llorando buscaba perderme entre los que obedecían. Vi caer el último mechón y comprendí que no me reconocería ni yo misma. No sé quiénes eran, solo recuerdo el frío de mis pies en el suelo y una frase acobardada a lo lejos: “Ya pertenece al orden.”
Convertida en mi propia sombra ya no podía hablar; las palabras se disolvían antes de alcanzar el aire. Me levante de la silla por la presión de sus ojos. Me miraban, sí, pero con la distancia con que se observa lo que ya no pertenece al mundo. Esta vez todo había cambiado y no había necesidad de escapar. Las personas se sostenían con naturalidad fingida, como actores que desconocen su guión.
Lo que había sucedido es que el mundo había sido reorganizado en un nuevo pulso y no podía ir una simple mujer a destiempo. La vida cotidiana persistía bajo una estética sombría: plazas con niños que no corrían y adultos que tenían el tiempo perfectamente digitado para ser, todo bajo una frecuencia sepulcral.
La cordura se había vuelto una desventaja.
Esa misma tarde con ojos vencidos miré al cielo y entendí que la oscuridad no había vencido al sol. Fuimos nosotros los que habíamos aprendido a vivir sin su luz, a acostumbrarnos a la ausencia y a venerar la quietud del miedo.

